Login to your account

Username *
Password *
Remember Me

Create an account

Fields marked with an asterisk (*) are required.
Name *
Username *
Password *
Verify password *
Email *
Verify email *
Captcha *
Reload Captcha

El camino

Abril 16, 2019 52

Nuestra vida es como un camino que elegimos y transitamos. A cada paso tenemos interrogantes. Nos preocupa nuestro presente y todo lo que nos rodea, lo que nos pasa o lo que nos puede pasar a corto plazo. No solemos pensar que muy poco tiempo atrás, todo era muy distinto, como seguramente lo será dentro de algunos años más.

Generalmente, tampoco pensamos si este es el mejor camino que tenemos, o hay otros que podrían ser mejores. Y lo peor es que, el que transitamos, a veces ni siguiera lo elegimos, lo tenemos impuesto sin darnos cuenta, casi “naturalmente” por la sociedad de consumo y el poder político-económico reinante.

Recordemos: 100 años atrás, cuando en la Argentina éramos 1,5 millones de habitantes, muchos vivían en un pueblo, el campo o el suburbio de una ciudad. Un obrero asalariado podía tener su casita y mantener a toda su familia. Lo que hay que reconocer, es que se tenía muy poca tecnología, instrucción, y medicina. Cincuenta años atrás, cuando éramos 20 millones, en la Ciudad de Bs.As prácticamente no había villas de emergencia. En 2016 había más de 160.000 personas viviendo en barrios carenciados. Si nada distinto pasa, sería lógico esperar que dentro de 50 años, la mayoría de las plazas y parques estén ocupados con viviendas de emergencia. Todo esto, ¿a quién le interesa hoy? Que dentro de 50 años seamos 80 millones de habitantes, le interesa y mucho a las industrias de consumo masivo, porque para ellos las ventas se duplicarán. Esto hoy no lo pensamos ni nos preocupa demasiado.

Pero el tema no es sólo la sociedad de consumo, el aumento poblacional, o la gente carenciada. También será un gravísimo problema, y a corto plazo, la contaminación del medio ambiente o el agotamiento de los recursos no renovables, por ejemplo el petróleo.

Entonces la pregunta inevitable es: ¿no habrá una forma de vida mejor? Trabajar todo el día, estar lejos de la casa, de los hijos, no tener tiempo para el ocio, para hacer lo que queremos o nos gusta, aun cuando no sirva para nada, practicar deporte, pintar, leer, escribir. ¿Todo eso no es importante? Trabajar y más trabajar, para comprar la ropa a la moda, el auto nuevo, el viaje a Europa, el plasma, el microondas, etc., etc., ¿Esas cosas son más importantes que nuestra pareja, que jugar con nuestros hijos, o nuestro placer espiritual? Pareciera que lo importante es todo lo que se consigue con el dinero. Y además, consientes o no, seguimos destruyendo el “jardín” en el que vivimos.

No quiero decir que debamos  vivir como en tiempos pasados, por ejemplo antes de la revolución industrial, o como actualmente algunos pueblos aborígenes o “primitivos” de África, lo que quiero sugerir es que la forma de vida actual no es la única, y que seguramente hay otras que nos tiene que convenir más, a todos, hoy, mañana y en el futuro. Y si no la tenemos, la tenemos que “crear”.

En el año 1950 si bien no teníamos la medicina ni la tecnología de hoy, la vida era muy distinta. Todos en el barrio nos conocíamos y nos saludábamos. Recuerdo que a la mañana nos poníamos el delantal blanco y con algún amiguito de la cuadra nos íbamos caminando a la escuela. A la tarde, después de almorzar, salíamos a la puerta a jugar. La puerta de calle quedaba abierta y ninguna mamá nos cuidaba. No había autos. Debíamos ser 10 nenes y otras tantas nenas. Las chicas jugaban a las escondidas, a la rayuela o a saltar la soga. Los chicos a la pelota, o con los autitos de plomo sobre una pista que dibujábamos con tiza en el pavimento, en la calle. A media tarde entrábamos para tomar la leche y hacer la tarea, luego escuchábamos por la radio a “Tarzán” o “Poncho Negro”. A la noche: “¡Que pareja!”, “los Pérez García” y el “Glostora tango club”. La excepción era cuando hacía mucho calor, a la noche, todos los vecinos salían a la vereda con una silla, los hombres compartían una cerveza y las mujeres el mate. Los chicos jugábamos a cazar los bichitos de luz. En realidad, la calle era el patio del barrio. Hoy es muy distinto, es el estacionamiento de  todos los autos. Yo conozco a cuatro personas de la cuadra y saludo a dos. En casa estamos encerrados, con el celular, la televisión o la computadora

-No olvidemos que “la sociedad de consumo, consume al hombre El mundo todo está controlado y condicionado por los intereses económicos. Los imperios dominan los mercados y de alguna manera intervienen en los territorios con riquezas naturales o potenciales.

-No olvidemos que con sobrepoblación tendremos hambre, agresión, vandalismos. En 2016 en el mundo éramos más de 8.000 millones de personas. 1.000 millones pasan hambre

-No olvidemos que la contaminación destruye la única “casa” que tenemos para vivir. Todos sabemos de la contaminación de ríos, mares, tierra, atmósfera, calentamiento global, (derretimiento de casquetes polares y consecuente elevación del nivel de los océanos) etc.

-No olvidemos que sin petróleo no tenemos, máquinas agrícolas, camiones, (comida), automóviles, aviones, plásticos, etc.  Las estimaciones sobre el agotamiento del petróleo no superan  los 100 años.

No quiero ser pesimista, quiero ser previsor. Nada de lo que digo es falso, o imposible. Es real, y lo tenemos delante de nuestros ojos (y en internet).  El recordar todas estas cosas, es como ponernos en el peor de los escenarios. Tengo presente dos cosas, primero, que lamentablemente son factibles y segundo, un viejo dicho de mi niñez: “El que resuelve la peor de las posibilidades, ha resuelto todas”

Y en este caso no podemos fallar, no esperemos a que sea tarde, tenemos que corregir el camino, cambiarlo o crear uno nuevo y mejor. Nos jugamos todo. Pensémoslo con alegría y con amor, porque se puede y entre todos, y sin egoísmos, será posible.

Arq. Eduardo Cavallaro

(Éste escrito fue premiado en el último concurso literario organizado por el Rotary Club de Villa Urquiza (Diciembre 2017) en la categoría Ensayo, para mayores de 60 años).