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El estrés y la violencia. La violencia y el estrés.

Junio 04, 2018 34

Esta ida y vuelta del título, semeja a lo del “huevo y la gallina”. ¿Qué está primero, el huevo? ¿La gallina?

Traduciéndolo en términos de violencia y estrés, podemos preguntarnos: ¿La violencia produce estrés, o el estrés produce violencia?

Es interesante la pregunta y trataremos de andar por esas vías, tratando de encontrar respuestas posibles.

Vivimos en un mundo violento. Decir esta frase, tienta a pretender quedarse afuera. Es decir, pensar: “los otros hacen un mundo violento. Por suerte yo no”.

Si hubiese una alarma conectada a la respuesta, en estos instantes sonaría: “beeeeeeep”. Respuesta incorrecta. El mundo, es construido y sostenido, por acción u omisión, por el conjunto de los habitantes del mismo, sin excepción.

Ocurre que existen muchas formas de producir violencia. Se produce con acciones, pero también con pensamientos y con oraciones orales y escritas. El sentir no queda excluido tampoco.

Dice Joan Manuel Serrat, en su tema “Esos locos bajitos”, refiriéndose a los niños: “Les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”. Más claro, échale agua. Aunque la lecha más aguada de lo que viene, sería intomable.

Entonces, primera lección: Nadie está excluido en la fabricación de un mundo violento. Seguramente se me dirá que no se tiene la misma responsabilidad siendo un gobernante, un empresario o una madre. La respuesta será no. Porque no estamos hablando de responsabilidades legales, jurídicas, mediáticas. Estamos hablando de responsabilidad ética. Palabra poco tenida en cuenta en los tiempos actuales.

Volviendo al ida y vuelta de la pregunta inicial; ¿la violencia genera estrés? La respuesta correcta es sí. Ahora, hay que desmenuzar los términos estrés y violencia.

Hablamos de estrés cuando decimos que se trata de la discordancia producida en el cerebro, entre las órdenes (metas, ideales, deseos) que recibe y la posibilidad de concretarlas o responder a ellas en tiempo real en que se producen las órdenes. Ese desfasaje produce un “cortocircuito”. En términos eléctricos diríamos “salta la térmica”.

¿Qué le sucede a una persona cuando está por llegar a su casa, siendo de noche y quiere entrar su auto a su garaje? Comienzan las llamadas por celular: “Estoy llegando”. “Salí y fíjate si está todo tranquilo”. “¡Ya estoy llegando!” “¡Estoy en la esquina!” “¡¿Te fijaste?!” “¡¿Está todo bien?!”. Esos escasos minutos es vivido por la persona que conduce, y en parte con la que se está en la casa y tiene el tremendo peso de observar y dar fe (cual experto en espionaje, explosivos y estrategias bélicas) que todo está en orden y nadie aparecerá ni hiriendo ni matando a quien está por llegar a casa, con un quantum de estrés muy elevado.

La primera deducción que aparece sobre el suceso es: “Está claro que, la violencia (la posibilidad de robo, secuestro, heridas o muerte), genera estrés.

La deducción no es desacertada. Es verdad que la violencia genera estrés. Ahora, ¿qué sucede si analizamos el tema de la violencia?

Allí, nos vamos a encontrar con caras de la violencia que no son ruidosas (van “con la leche templada y en cada canción”). ¿Y si estas caras se establecen muy tempranamente en la vida de las personas? ¿No podríamos decir que la respuesta al recibir esas “caras de la violencia”, generan estrés en quien las recibe, las padece? Las respuestas son: Sí. Y generan estrés.

Las caras de la violencia también existen en la inequidad social en la que se vive en el mundo. Es de extrema violencia ese desequilibrio. En la autoestima de la persona, en los valores para con el otro, en el valor de la propia vida y el consecuente presente a ausente valor de la vida de los otros, de aquello que está bien y aquello que está mal, de dar por descontado cosas básicas como abrir la canilla y que salga agua, sentarse a la mesa y tener un plato de comida, tener donde asistirse ante un desequilibrio de la salud, poder ingresar y permanecer (sosteniendo y avanzando) en los niveles de educación, etc. 

Y por ende, eso no puede provocar respuestas diferentes que no sean violentas. Es un viejo pero acertado refrán el de que “la violencia genera más violencia”. 

Entonces compro un arma para estar preparado en casa por si algún delincuente quiere entrar. Sabemos que nada más violento que un arma para hablar sobre el tema. Pero “es en defensa propia”.

Entonces “Pero, en otros lados no se vive así!” Y allí también hay desconocimientos. Claro, no tenemos asaltos y muertos uno por semana cada dos manzanas, en esos “otros lados”. En general, diariamente, el índice de asaltos puede ser menor. Pero, y allí está el asunto. Cada tanto (y cada vez más seguido) aparece un asesinato múltiple de decenas y o centenas de personas por un francotirador. Allí, se cargaron más que uno por semana cada dos manzanas. Pero, aparece como “hecho aislado”. No aparece ligado a las responsabilidades de las políticas públicas del Gobierno. Eso suelen mostrar los gobiernos y los medios masivos de las grandes potencias, para no asumir el fracaso del sistema injusto, inequitativo y violento que dirigen.

Es decir, la violencia siempre se manifestará en las calles, mientras se viva un mundo violentamente consumista con una inequidad sostenida.

Entonces, como si el tema fuera poco complejo, podemos agregar que el estrés provoca más violencia por las respuestas para pretender disiparlo. Las respuestas son múltiples y violentas.

Podríamos hablar muchísimo más sobre el tema, pero mi intención no es agotarlo, sino, todo lo contrario, abrirlo para reflexionar y modificar nuestras conductas cotidianas, a partir de no vivir bajo un ideal. Sino, pisando tierra y sintiendo el latir de lo humano.

Lic. Carlos A. Scardulla
Psicólogo holístico

Dr. Fernando Iráizoz